"No tiene latido.” Esas son las palabras que me destrozaron el alma. La emoción de ver el corazoncito de nuestro bebé latir por primera vez, pronto se convirtió en una pesadilla llena de dolor, confusión y desconsuelo. Las estadísticas son muy claras, aproximadamente el 20% de los embarazos terminan en pérdida. Yo misma compartí esas estadísticas con mi esposo, junto con muchos datos más del primer trimestre. Pero nunca me imaginé que me volvería parte de esa estadística. Y sin embargo aquí estoy. La ilusión, alegría, los planes y las ideas que llegaron con esas dos rayitas en la prueba positiva, me fueron arrebatadas en menos de un minuto. “No tiene latido.” Las palabras me daban vueltas en la cabeza y no lograba procesarlas. Incluso ingenuamente pregunté “¿Eso es bueno o malo?” Mi esposo y yo nos volteamos a ver. Creo que él tampoco lograba procesarlo. Aún con esperanza fuimos con otro experto, en otro lugar. El resultado fue lamentablemente el mismo. “No hay actividad cardiaca...
Llevan toda mi vida preguntándome quién soy, que cuál es mi identidad. ¿Mi identidad? Soy mujer. Soy profesora, soy lingüista, soy traductora, soy estudiante eterna. Soy hija, hermana, tía, esposa, amiga. Soy mexicana. Soy tijuanense. Pero lo más importante: soy fronteriza. Nací en la esquina de Latinoamérica, en la ventanita que da al otro lado. ¿El otro lado de qué? Pues el otro lado de la barda, de la reja, de la frontera, de la ciudad. Dicen que lo más bonito de Tijuana es San Diego, porque está ahí, como un vecindario más al que visitas los fines de semana. En Tijuana nadie va a Estados Unidos. Todos vamos al otro lado, a gringolandia, al gabacho, cruzamos rapidito nomás a poner gasolina, al cabo que no hay línea. “San Diego está en Estados Unidos”, me decían mis papás. “Es otro país, como México es un país, Estados Unidos es otro país.” ¿Otro país? ¿Qué entiende una niña de cuatro años sobre fronteras internacionales y políticas migratorias? San Diego es parte de Tijuana y...