Un día me reprochaste que no te necesitaba. Dijiste que lo que se suponía era tu papel y tu deber, quedaba anulado por mi independencia y mi fortaleza. Y quizá tengas razón, nunca te necesité en el sentido que tú decías. Puedo pagar mis viajes, mi ropa, la cuenta de un bar o de un restaurante, puedo abrir la puerta yo sola, prender una fogata y cargar cosas relativamente pesadas. No te necesitaba para eso, no te necesitaba, punto. Podía vivir sin ti y aun así escogía estar contigo, eso es lo que no pudiste entender. No te necesitaba, te amaba. No necesitaba que fueras a una obra de teatro conmigo, que desayunaras conmigo, simplemente quería que lo hicieras. Pero lo curioso es que sí te necesité, sólo no como tú querías que lo hiciera. Te necesité para llorar por un ser querido, te necesité para desahogarme de un problema, te necesité para calmarme cuando debía pensar con la cabeza fría. Te necesité para que creyeras en nosotros, eso necesitaba. Necesitaba que me dijeras siempre ...