Un día me reprochaste que no te necesitaba. Dijiste que lo que se suponía era tu papel y tu deber, quedaba anulado por mi independencia y mi fortaleza. Y quizá tengas razón, nunca te necesité en el sentido que tú decías. Puedo pagar mis viajes, mi ropa, la cuenta de un bar o de un restaurante, puedo abrir la puerta yo sola, prender una fogata y cargar cosas relativamente pesadas. No te necesitaba para eso, no te necesitaba, punto. Podía vivir sin ti y aun así escogía estar contigo, eso es lo que no pudiste entender. No te necesitaba, te amaba. No necesitaba que fueras a una obra de teatro conmigo, que desayunaras conmigo, simplemente quería que lo hicieras. Pero lo curioso es que sí te necesité, sólo no como tú querías que lo hiciera. Te necesité para llorar por un ser querido, te necesité para desahogarme de un problema, te necesité para calmarme cuando debía pensar con la cabeza fría. Te necesité para que creyeras en nosotros, eso necesitaba. Necesitaba que me dijeras siempre la verdad. Y no lo hiciste.
Luego descubrí que tú mismo no podías
soportar la verdad. Jamás podrías creer en nosotros porque no crees ni siquiera
en ti mismo. Porque yo para ti representaba la verdad, yo era la que te
mostraba tus debilidades para remarcar tus fortalezas, la que te indicaba si
algo iba mal, la que contestaba sinceramente tus preguntas. Y así pronto me
volví la pared con la que topaste. El golpe duro que eventualmente te da la
vida, me arriesgué demasiado y jalé la venda en tus ojos y ya no pudiste más.
No pudiste más porque te mostré la verdad y eso para ti sólo me hace más
fuerte. Y no entendiste nunca que ser fuerte no significa no querer nada de
nadie. No significa que no tenga debilidades. No significa que soy tu
competencia. Significa que estoy lista para vivir mientras tú mueres de miedo.
Si crees, o de verdad así es, que lo único
que tienes que ofrecer son “las cosas que te hacen hombre”, como abrir la
puerta, pagar las cuentas o cargar cosas pesadas, es tu problema, no mío.
Querías decirme algo para sorprenderme y te enojabas cuando te decía que ya lo
sabía, que ya lo había leído en algún lado o que ya lo había visto con mis
propios ojos. Nunca entendiste que había otras formas de sorprenderme, con una
cena, una notita en el carro, un picnic en nuestro lugar preferido o que
leyeras mi libro favorito sin decirme, sólo para sorprenderme un día citándolo
y comentando sobre él. O, ¿por qué no? unas flores afuera de mi casa.
Me dijiste que te hacía sentir menos
hombre, me dijiste que te quitaba tu virilidad, me dijiste que no estabas a mi
altura. No es mi culpa que te sientas así, no es mi inteligencia, mi fortaleza,
mis posibilidades económicas, mi belleza o mi sinceridad las que tienen la
culpa. Eres tú. Tú te sientes así porque decides sentirte así, porque decides
calificar tu hombría y virilidad de acuerdo a los estándares que te han
impuesto, y porque decides no subir “a mi altura”, porque desde acá todo es más
claro y no puedes soportarlo, te da vértigo. Quieres a una mujer que se calle
cuando te vea cometer un error porque no soportas la crítica constructiva, que
te eche porras aún si decides tirarte por la ventana del décimo piso. Quieres
una mujer que no lea, para sorprenderla diciéndole una frase de Rayuela que
leíste en internet, aun cuando no sepas quién es Julio Cortázar. Que no sepa de
historia, para maravillarla explicándole qué es el comunismo. Que te conteste
que no, aun cuando piense que sí. Que sea frágil, para sentirte fuerte y
protector y ser su héroe cuando cargas una caja pesada. Porque eso te hace
hombre.
Mi persona, mis sentimientos y mis
acciones no fueron suficiente. Tus miedos y tus inseguridades se apoderaron de
ti y no tuviste el valor de siquiera decirme la verdad, sólo huiste. Las
explicaciones yo tuve que buscarlas después. Y aunque me dolió y quizá no te he
perdonado, me preocupas más tú que yo. Yo sé lo que quiero y sé cómo
conseguirlo, en cambio tú vagas perdido por el mundo, sin tener la más mínima
idea de qué te hace feliz, atormentado por errores del pasado, por estereotipos
sociales, por tabúes y por miedos que sólo existen en tu mente. Sé que cuando
todo esto pase yo volveré a amar, volveré a entregarme siendo siempre fiel a mi
persona. Encontraré a un hombre que admire mi fortaleza en lugar de sentirse intimidado por ella, que piense que es lindo que quiera pagar la cuenta, no que quiero ganarle, y que aunque tengo el dinero para comprarme mi cosas, sepa que regalarme ropa me hace feliz. Que lea mi libro favorito para platicar horas sobre él, después de haber platicado horas sobre el partido de su equipo favorito. Que se proponga enseñarme algo que no sepa, en lugar de enojarse porque "lo sé todo". Pero tú seguirás con miedo sin saber si quiera quién eres o lo que vales, sintiendo que todos te juzgan, que siempre
debes quedar bien y que no estás a la altura. Te conformarás con una relación mediocre porque no te animas a recibir más. Me da pena por ti, pero así como
sé lo que quiero, también sé lo que no quiero. No quiero a un cobarde como tú.
P.D. No es que seas poco hombre, es que
eres poco valiente.
Al parecer él salió perdiendo. Suena como que eres una mujer muy inteligente y capaz. Felicidades!!! Deberíamos estar agradecidos por tener mujeres como tu. Que bonito escribes la verdad!
ResponderEliminarGracias
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