Llevan
toda mi vida preguntándome quién soy, que cuál es mi identidad. ¿Mi identidad?
Soy mujer. Soy profesora, soy lingüista, soy traductora, soy estudiante eterna.
Soy hija, hermana, tía, esposa, amiga. Soy mexicana. Soy tijuanense. Pero lo
más importante: soy fronteriza. Nací en la esquina de Latinoamérica, en la
ventanita que da al otro lado. ¿El otro lado de qué? Pues el otro lado de la
barda, de la reja, de la frontera, de la ciudad. Dicen que lo más bonito de
Tijuana es San Diego, porque está ahí, como un vecindario más al que visitas
los fines de semana. En Tijuana nadie va a Estados Unidos. Todos vamos al otro
lado, a gringolandia, al gabacho, cruzamos rapidito nomás a poner gasolina, al
cabo que no hay línea. “San Diego está en Estados Unidos”, me decían mis papás.
“Es otro país, como México es un país, Estados Unidos es otro país.” ¿Otro
país? ¿Qué entiende una niña de cuatro años sobre fronteras
internacionales y políticas migratorias? San Diego es parte de Tijuana y punto.
Pero para llegar hay que hacer fila, esperar en la línea un ratito. Mientras,
mi mamá nos compra nieve de limón y bolis de rompope. Y allá al otro lado usan
otras palabras. Por ejemplo, en lugar de decir gracias dicen thank you y
el hombre de uniforme que nos pide la visa dice good morning, como mi
maestra de inglés y las caricaturas que veo por la mañana. La visa, yo pensaba
que visa era algo que todos tenían. En mis ojos jóvenes era bien fácil, vas a
un edificio con mucha gente que habla inglés, esperas un rato, te toman una
foto, tus huellas digitales y listo. Tijuana te hace pensar que todos tienen
visa, o green card, o de plano son gringos. Te hace pensar que el muro
es una cortina de vapor que se cruza sin problemas. En la mañanita hacen todos
fila para ir al otro lado a trabajar, a estudiar, a ir de compras. En la tarde
regresan todos a sus casas mexicanas, a comer una carnita asada con tortillas
de harina mientras los niños juegan futbol en la calle. En Tijuana difícilmente
piensas en la frontera como un muro impenetrable, porque como dice Crosthwaite
“la línea estaba ahí para cruzarse de aquí para allá y de allá para acá, nadie
lo impedía”. En Tijuana piensas que ese muro se cruza fácil, hasta que te topas
con un guatemalteco que llegó a Tijuana hace cinco años y está ahí atrapado porque
no ha podido cruzar. Luego conoces a un deportado, al que se llevaron al
gabacho a los tres años y cuando tenía cuarenta lo agarró la migra y lo aventó
a Tijuana por no tener papeles. Ahora sólo ve a sus hijos a través de una reja.
¡Ah
ese muro! Build the wall gritan eufóricos algunos gringos. Idiotas, no
saben que ha habido un muro desde hace décadas, incluso hace años que hay dos.
El muro. Ese muro del que tanto se ha hablado últimamente, esa barda, la llevo
tatuada en el alma. Esa barda es mi casa, mi hogar, mi barda del vecino, mi
compañía al tomarme un cafecito en la mañana. Esa barda estuvo en cada uno de
mis cumpleaños, la primera vez que aprendí a andar en bicicleta sin llantitas
mientras mi papá me veía nervioso, en mis guerras de lodo con mis amigos y
cuando mi mamá tuvo que subirse a la casita del árbol porque mis hermanas me
subieron sin permiso en una mochila y luego ya no supieron cómo bajarme. Esa
barda siempre ha estado ahí y yo la sentía mía. Hace muchísimos años vi a un
hombre cruzarla a escondidas, de noche, corriendo asustado. Esa noche entendí
que esa barda no era la misma para todos. Hombres, mujeres y niños cruzaron de
noche y de día esa barda durante años, mientras yo los observaba desde mi
recámara, en silencio, echándoles porras para que los border patrol que
me saludaban a diario no los atraparan. Hace unos meses se llevaron esa barda
para reemplazarla por unos barrotes más altos y más fuertes. Yo sentí que se
llevaron una parte de mi infancia.
Ahora
estoy del otro lado de esa barda. Ya somos más acá que allá. Somos cinco
hermanas, dos ciudadanas, dos residentes, una con visa desde siempre.
“Exportamos hijas a Estados Unidos”, bromea mi papá, “todavía nos queda una
aquí en Tijuana por si les interesa”.
Hace tres
años me convertí en migrante en donde antes fui turista. Y acá me confunden por
gringa, me felicitan por hablar tan bien el español. Me indigno. Soy mexicana.
Que ¿no ves? Llevo a mi México a flor de piel, Tijuana me corre por las venas y
el corazón me late en español, aunque a veces sueñe en inglés. No, no soy
minoría señores, los fronterizos somos muchos y llevamos cruzando esa barda
todas nuestras vidas. Siempre hemos estado aquí, camuflados en los parques, en
los restaurantes, en las tiendas. Vamos y venimos todo el tiempo y los border
patrol ya ni nos hacen preguntas. Apenas levantan la mirada mientras nos
dicen have a good day.
Esa
soy yo. Soy de Tijuana, de la frontera, de donde termina Latinoamérica, donde
los mexicanos son agringados y los gringos vienen a mexicanizarse, a aprender
español, a comer tacos y tomar cerveza artesanal todos los fines de semana.
Vengo de donde la barda se hunde en el pacífico. El océano no entiende de
fronteras arbitrarias, él ruge con fuerza y armonía, sin saber que lleva dentro
un muro que separa y divide, un muro que a veces duele. En ese muro y en ese
océano encuentro pedacitos de mí, de ambos lados, en ambos idiomas, ahí estoy
yo.
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