Cuando se va a hablar de una sociedad, es recomendable hablar de la propia, la sociedad en la que vivimos, en la que crecimos y en la probablemente moriremos. Esa sociedad a la que amamos vehemente pero queremos odiarla por miedo a aceptar que formamos parte de ella. No se ustedes, pero yo vivo en una sociedad mexicana, una sociedad caóticamente agradable, donde la ironía es casi tangible y esnifamos una raya de smog al día. Nos quejamos del de enfrente y platicamos con el de atrás. Criticamos a los que nos rodean pero pobre de aquel que nos critique a nosotros. Somos vates de las quejas y expertos en encontrar las culpas ajenas, pero pésimos para reconocer los propios errores. Hablamos de que el país no progresa, que el gobierno es un puñado de orates, que la gente es inculta, y que nos falta mucho para alcanzar al país vecino. Nos quejamos de que las calles son un basurero y que hay mucha gente con hambre, que la corrupción nos ahoga y la inseguridad nos invade. Lo...