Llevaba días caminando y para serles sincera ya me dolían los pies. Las suelas de mis botas estaban algo desgastadas y mi cabeza comenzaba a sentirse pesada. Aunque me detenía de vez en cuando a descansar, nunca pasaba mucho tiempo sin moverme. Cualquiera que me viera en esa eterna caminata podía notar mi mirada cansada. El paisaje nunca era el mismo, a decir verdad cambiaba constantemente y eso era lo único que hacía que el camino valiera la pena. “Luces algo cansada” escuché que dijo la voz de alguien que pasaba por ahí. “Lo sé”, le contesté, “llevo días caminando”. “¿Y a dónde vas?” Me preguntó con una intriga genuina. “No estoy segura”, le respondí. “¿Cómo? ¿Estás perdida?” “No, no, para nada, conozco el camino, yo misma dibujé un mapa, pero no estoy segura de a dónde me lleva”. Mi respuesta pareció confundir a la persona aún más y el interrogatorio continuó. “¿Cómo puedes seguir un camino sin saber a dónde te lleva?” me preguntó con curiosidad. “No lo sé, pero l...