"No tiene latido.” Esas son las palabras que me destrozaron el alma. La emoción de ver el corazoncito de nuestro bebé latir por primera vez, pronto se convirtió en una pesadilla llena de dolor, confusión y desconsuelo. Las estadísticas son muy claras, aproximadamente el 20% de los embarazos terminan en pérdida. Yo misma compartí esas estadísticas con mi esposo, junto con muchos datos más del primer trimestre. Pero nunca me imaginé que me volvería parte de esa estadística. Y sin embargo aquí estoy. La ilusión, alegría, los planes y las ideas que llegaron con esas dos rayitas en la prueba positiva, me fueron arrebatadas en menos de un minuto. “No tiene latido.” Las palabras me daban vueltas en la cabeza y no lograba procesarlas. Incluso ingenuamente pregunté “¿Eso es bueno o malo?” Mi esposo y yo nos volteamos a ver. Creo que él tampoco lograba procesarlo.
Aún con esperanza fuimos con otro experto, en otro lugar. El resultado fue lamentablemente el mismo. “No hay actividad cardiaca.” Las terribles noticias las recibimos en México, pero no perdíamos la esperanza, así que finalmente llamé a mi seguro en E.U.A. para pedir una tercera opinión. El resultado fue el mismo una y otra vez. Ese bebé que tanto añorábamos y por el que ya sentíamos tanto amor, jamás nacería. Apenas estaba procesando la pérdida de mi embarazo cuando me invadió el miedo por mi propia salud, por mi propio cuerpo. ¿Qué me va a pasar? ¿Cómo va a salir? ¿Qué voy a sentir? Existen varias opciones. Yo me decidí por un aborto médico, inducido con pastillas, una ese mismo día, cuatro más al día siguiente.Apenas salí del consultorio las lágrimas me invadieron como un torrente sin control. Entre las hormonas y el desconsuelo, lloré como nunca en la vida había llorado.
Lo que nadie te dice es que la pérdida no ocurre así nomás en un ratito. Lo peor dura un día, en tu casa. Un día en el que agonicé de dolor, sudé, vomité, lloré, me retorcí, casi me desmayé y en algún momento preocupé tanto a mi esposo que estuvo a punto de llevarme a emergencias. Pero el proceso entero dura semanas y te desgarra el cuerpo, la mente y el alma. Más de un mes después mi cuerpo aún me recuerda cada día que estuve pero ya no estoy embarazada, que dentro de mí hubo muerte, que perdí lo que tanto anhelaba. Mi cuerpo no es el mismo, no lo reconozco, no se comporta como antes y me siento tan perdida y confundida con él como en la pubertad. Y ni hablar de mi mente. Mi mente no es la misma tampoco. Todavía me inunda la tristeza cuando menos me lo espero. Se me trepa sin darme cuenta y antes de pensarlo las lágrimas ya están rodando por mis mejillas.
Y no escribo esto para buscar empatía y validación de otras personas. Lo hago porque escribir para mí siempre ha sido terapéutico. En los momentos más difíciles y oscuros de mi vida, el dolor lo he procesado a través de la escritura. Pero también lo escribo con la esperanza de que este tema deje poco a poco de ser tabú, que podamos hablar más sobre esto y las personas no piensen que se debe sufrir en silencio. Porque de verdad se sufre. Se sufre como nunca antes en la vida. Y el problema es que nos han enseñado a mantener un embarazo en secreto hasta los tres meses, por si se pierde. Y aunque es verdad que yo no lo grité a los cuatro vientos, mis amigas más cercanas lo sabían y agradezco que haya sido así. Sin ellas esto habría sido peor y no imagino sobrellevar una pérdida así completamente sola o sin más apoyo que el de tu pareja. Lo escribo porque en toda esta experiencia de mierda me hundí en grupos de apoyo en línea, foros, artículos y demás. Y en esta tortura descubrí que muchas mujeres deciden ocultarlo y no hablar nunca de ello. Incluso mujeres cercanas a mí me confesaron haber pasado por lo mismo y jamás lo hubiera imaginado. Y las entiendo. Hablar de algo tan doloroso y triste es muy difícil. Pero yo no voy a fingir que estoy bien. No voy a aparentar que nada ha pasado. No voy a negar que estuve embarazada. Y sobre todo no voy a pretender que mi bebé no existió.
No me culpo. Sé que no hice nada mal. Pero muero de coraje. No por pensar “¿por qué a mí?”, sino porque nunca podremos tener de nuevo esa emoción y felicidad. Porque tiemblo de miedo con la idea de embarazarme nuevamente en lugar de alegrarme. Porque aunque dicen que no es muy común, la idea de un segundo aborto me estremece todo el cuerpo. Porque aunque ahora sé que físicamente lo puedo soportar, no se lo deseo a nadie y definitivamente no quiero volver a vivirlo. Porque si vuelvo a ver esas dos rayitas en una prueba me llenaré de incertidumbre e inseguridades en lugar de sonreír y soñar. Porque nunca podré volver a un ultrasonido sin los nervios de pensar que algo está mal. Muero de coraje porque a la primera me cortaron la ilusión. Y entiendo que existen muchas otras opciones, pero no se trata de eso. Mi dolor no viene del deseo de ser madre y no poder. Solo quien haya estado embarazada sabrá a qué me refiero.
Los días sin poder salir de la cama y llorar al punto de la deshidratación ya pasaron, pero aun sigo viviendo esto y no pienso ocultarlo. No tengo el ánimo de siempre en el trabajo y quiero que mis compañeros sepan por qué. No tengo la energía para socializar y quiero que mis amigos entiendan por qué. No puedo meterme a la alberca con mis vecinos y quiero decirles por qué. No tengo ganas de muchas cosas y necesito que mi familia entienda por qué. No quiero que la gente nos pregunte si planeamos tener hijos y quiero que sepan por qué.
No sé cuándo termine de procesarlo. No sé cuánto tarde en volver a ser yo. No sé si algún día esto deje de pesarme. Solo sé que hace medio año dejé las pastillas anticonceptivas llena de ilusión. Hoy estoy escribiendo sobre un embarazo perdido.
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